No habrá más bandera ni olvido: balada en segunda

Luego de muchas horas de espera, el jefe del Ejército y el jefe de la Armada son recibidos por el Presidente acompañado de su jefe de Gabinete

—¡Buenas tardes, Señor presidente!

—¡Buenas tardes, señores!

—¿Leyó el informe Señor?

—Sí, ustedes están locos… no puedo permitir esto.

—Señor presidente, el comando está listo.

El hombre se acaricia el bigote, suspira una vez más y dice con su voz entre cansada y aguda:

—No sé, no sé.

—Señor presidente, las tres fuerzas coinciden en que todo está dispuesto.

—¿Y si me niego?

El general ni siquiera levanta la voz para decir:

—Yo personalmente lo consideraría un traidor a la patria.

—Yo soy el comandante en Jefe, replica el presidente, mientras a su lado, el jefe de Gabinete, se suelta el nudo de la corbata y le dice al militar:

—¿Un café?

—Gracias, después de que el comandante en jefe apruebe la directiva, le acepto uno.

El tipo interviene:

—Pero, general, nosotros queremos mantener buenas relaciones, y si se descubriera, sería un escándalo internacional y posiblemente un conflicto de consecuencias inimaginables.

—Es una oportunidad histórica: treinta patriotas que se ofrecen en sacrificio por la Patria.

—¿Y si fracasan? –pregunta el presidente.

—Nos aseguran que se puede llegar sin problemas hasta la costa. Después, simplemente descenderán con la versión ya acordada, y cuando los alojen, el trabajo estará hecho.

—Van a querer saber, los van a interrogar.

—Se olvida que varios de ellos han sido militares, veteranos de Malvinas, enfermeras voluntarias…

El jefe de la Armada, que hasta el momento se mantuvo en silencio, se para, acercándose a la luz del escritorio, y le susurra al jefe de estado:

—Ellos fueron los que lo torpedearon al ARA San Juan, ellos son los agresores, nosotros simplemente seguiremos la guerra por otros medios.

El presidente finge no haber entendido y también sorpresa, solo para ganar tiempo:

—Pero con que uno solo de ellos hable, será un fracaso y nos van a señalar por haber cometido un acto demencial.

—No hablarán, y si lo hacen, lo negaremos, hasta eso arreglamos con ellos. Primero, será la versión “oficial”, y después…

—¡Es que esa versión es la que va a trascender, la que se contará por todos los medios del planeta! ¡Un gobierno que defiende los derechos humanos arrojando a la muerte a treinta ciudadanos, de entre 58 y 83 años!

—Ya lo sabe, –contraataca el general– entonces diremos lo acordado: que ellos fueron por su cuenta, que pactaron el ataque de manera independiente, que el barco –lo que es real– lo alquilaron ellos mismos, y el capitán, como usted sabe, volverá con el médico en un bote salvavidas, antes de pisar la costa. En las millas que correspondan, una lancha los rescatará.

—¿Y si los repatrían de inmediato? 

—No pueden, y si lo hicieran, bueno, sería un pequeño episodio de color, y una reivindicación más de nuestros reclamos, algo como lo que hizo alguna vez García, el de Crónica, o un episodio espejo de lo que pasó con los cóndores, pero ahora hecho por viejos.

El Presidente apesadumbrado por la seguridad del general y la mirada feroz del jefe de la Armada, se recuesta sobre el respaldo de su sillón y suspira.

—¿Lo van a hacer igual, no?

—Sí, señor, por supuesto. Le dimos luz verde y rodará esta noche, solo queríamos saber hasta qué punto usted acompañaría después el conflicto.

El marino vuelve a acercarse:

—Si realmente usted está convencido de los reclamos que estamos haciendo…

—¡Pero muchachos es un atentado de falsa bandera! ¡El estado argentino no puede permitirse esto!

—Pero otros estados sí, la embajada, la AMIA…

Otra frase corta, filosa y susurrante del hombre de mar, casi pegado a su oído:

—Sabemos lo que le dijo el primer ministro israelí.

El Presidente lo mira y sabe que ya no tiene escapatoria.

—Bueno, no los expulsan. Los alojan, se quedan allí, uno, dos, tres días. El planeta nos trata de animales, un gobierno que arroja a sus viejos al mar para que se ahoguen o se mueran de hambre.

—Coincidirá, señor presidente –sugiere el general– que la versión es lo suficientemente disparatada para que se sostenga, y de paso, es una buena distracción, justo cuando tenemos que hacer el canje de deuda…

—Insisto ¿y después?

—Una población de 3500 personas se vería afectada en unos pocos días, y a eso súmele los 1500 efectivos.

—Fuera de combate en dos semanas, presidente –agrega el jefe de la Armada– una base militar de la OTAN abandonada, totalmente inoperable y sin posibilidades inmediatas de armar otra, ahora que colapsaron los servicios de salud y la economía en la otra isla, la del Norte.

—Es una locura…

—Sí, señor. Pero es una locura patriótica, algunos fueron hasta allí con una bandera, como López en lancha, o Fitzgerald en avión.

—Van a morir…

—Sí, como todos los que estén allí, a menos que les llegue ayuda del continente. Solo quedarán algunos vivos, si no se acercan a Puerto Argentino…

—Stanley…

—Presidente, no diga estupideces, déjese de joder.

—¿Y si se mueren antes?

—El médico va para inocularlos. El tiempo justo para que bajen y contagien a todos.

—¿Y después qué se hace?

—Una ocupación humanitaria, un inmediato puente aéreo donde, ya que le simpatiza tanto el enemigo, tal vez podamos salvar a unos cuantos, que no volverán allí, téngalo por seguro.

El jefe de Gabinete entra con una bandeja. Lleva tres cafés.

—¡Pibe! El presidente todavía no se decidió- acota el general entre divertido y sarcástico.

—Sí, ya me decidí, después de todo, esto es una extorsión ¿no?

—Usted es un hombre de derecho, doctor, puede que no le caiga simpática la idea, puede vernos como a unos locos, pero no hay guerra que se haga bajo el imperio de la ley.

—Está bien, sin firmas, sin presupuesto, sin ningún reconocimiento oficial ni extraoficial, y solo con el hospital de campaña que montamos en Ushuaia para recoger a los enfermos.

El marino esboza una sonrisa. El general agrega:

—Y con las banderas argentinas de los equipos de rescate, para poner en cada centro sanitario… una recuperación pacífica y humanitaria.

—Proceda, y por favor, no vengan nunca más por acá.


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Peronista, trabajador, Mazorquero metálico, justicialista luchando por mas Patria, y si no la hay, no queda otra; que haya Murra.

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