La conquista del pan (dulce)

No hay que ser economista para saber que la economía es uno de los temas centrales de la vida del hombre en comunidad (o sea, desde siempre). Las sociedades, las naciones, los Pueblos, crecen, se desarrollan, se reproducen y logran ganarle al tiempo mediante aquello que Perón llamaba organización, que en buena parte tiene que ver con cómo un Pueblo organiza su propio desarrollo material.

La sociedad actual intenta imponernos siempre lo contrario, inoculándonos cuanta falopa haya dando vueltas, a veces por izquierda, a veces por derecha. Veganos punks, mapuches floggers, gauchos galácticos y progres rastafaris originarios, son algunas de las especies exóticas con las que se nos distrae de la centralidad de lo que pasa: la gente se caga de hambre, los comercios no venden, las fábricas cierran, la inflación sigue alta y la deuda externa es imparable. ¡Pero Perón era milico! (Reemplácese “milico” por “comunista-nazi”, “anti originarios” o “antisemita”, da lo mismo).

Eso no significa caer en un materialismo simplón que se parece a creer que lo único que importa es lo material. Al contrario, la economía también habla de quiénes somos y cómo actuamos en comunidad, y cuál es la razón de ser de una sociedad: si es el lucro, si es la renta, o si son los hombres y las mujeres de nuestro Pueblo y la dignidad de su trabajo. Cómo un Pueblo se organiza económicamente y cómo lo hace espiritualmente están, por lo tanto, íntimamente relacionados. Difícil que una Nación sea elevada desde lo humano si se muere de hambre, y es difícil que eso no suceda sin desarrollar la base material que genere el empleo y los bienes y servicios para satisfacer las necesidades. O sea, los fierros. Y viceversa, difícil que una sociedad que no se comprenda, no se defienda, no sea orgullosa y no se organice, se desarrolle económicamente.

“Los pobres no son peronistas, son ‘panzaístas’”, dice el tío gorila, con desprecio. Y sí, son “panzaístas”, y resulta que, misteriosamente, el peronismo es el único que les llena la panza. ¡Qué loco! El tío tiene la cura del “hecho maldito”: darle de comer a los pobres para que no se hagan peronistas. Pero no lo pueden hacer. Su modelo económico y cultural implica necesariamente que la gente se muera de hambre. Habría que preguntarse si en realidad no será el gorila el hecho maldito del país, en palabras del Bebe Cooke.

Ser “panzaísta” no es sólo pensar en la panza de uno, eso sería banal. Es defender un modelo de país en el cual nadie tenga que pensar en la panza de uno o en el frío que pueda sufrir, porque todos podrían acceder a un trabajo, ganarse su pan, y tener un hogar como corresponde. Es pensar una Nación con dignidad, que ponga primero los intereses de los argentinos, y entre los argentinos, los de los más humildes. Detrás de la intuición que surge del voto peronista, hay un concepto muy profundo.

Cosa curiosa. Al describir a los peronistas por su obstinación a llenar panzas, el antiperonista descubre su miseria: votan porque el peronismo les llena la panza y nosotros se las vaciamos. Bueno, eso es verdad… los proyectos políticos antiperonistas se han cansado de vaciar panzas. Y –para peor- a veces lo dicen con orgullo. Te hacen un plan de pagos en cuotas para adquirir un pedacito de felicidad que nunca llega. “Ten fe, que vendrá la prosperidad”. Lo han dicho en el 55, en el 76, en los 90, y también en la actualidad. Ahora lo hacen con mística “new age”, porque es “re copado” remixar temas viejos, como nuevos con ritmos exóticos.

A veces, lo dicen con orgullo; otras, con culpa. Por eso inventan relatos sobre las consecuencias horrorosas de pretender llenar las panzas. Que se va a fundir el país, que nos vamos a ir todos al infierno, que vamos a tirar manteca al techo y nos estamos comiendo a nosotros mismos. Esa manera de pensar la sociedad –dicen- va a llevar al abismo.

Nosotros sabemos que no es así. Que el peronismo no es solo “llenar las panzas”. Es la industrialización, la geopolítica, el ABC, el continentalismo, la administración del comercio exterior, la sustitución de importaciones, el desarrollo de escuelas técnicas y universidades obreras, y la estrategia del salto de rana: desarrollarse en tecnologías de punta que permitan posicionar la Argentina entre las potencias mundiales. Así, los diferentes gobiernos peronistas desarrollaron la industria automotriz, la metalmecánica y la de alimentos; pero también industrias de gran complejidad como la aeronáutica, la siderúrgica, la nuclear o la satelital, gracias a las cuales pertenecemos al selecto grupo de países que producen agua pesada, enriquecen uranio y exportan reactores y espectros satelitales.

Pero eso no importa, ni los nuestros lo pueden reconocer. En cierta medida, ese es un retroceso de nuestra parte; nuestro pensamiento político a menudo ha sido destripado de su contenido estratégico, y ha sido asimilado a un cortoplacismo berreta. Pero eso dejémoslo para otra ocasión.

Ahora bien, la prueba reside en lo contrario: cada vez que gobernaron ellos, bajaron salarios, bajaron consumo, y al mismo tiempo se fundieron industrias y comercios, se diseminó el desempleo, cayeron las inversiones y se deterioró la infraestructura. Las tasas de interés se volvieron inviables para el crédito y ni siquiera sirven para frenar la dolarización. Vale decir, erosionaron la base material del país, destruyeron su capital, mientras que ampliaron el frágil endeudamiento público externo y privado, tanto de empresas como de familias. Fundieron todo. Rompieron el coso, y también el cosito que sostiene el coso.

Eso sí que lo sabe la gente. Ellos saben que cada vez que hablan de economía, pierden un voto. Por eso, proliferan unicornios marinos, veganos cardíacos, y una decena de pañuelos de colores varios por la televisión. Y nosotros somos, a veces, una máquina de pisar palitos. Creemos que tenemos que ponernos siempre del lado del más débil, y elegimos bando. Y así, recortamos nuestro electorado, y lo atomizamos. Con eso -ellos estiman- podrían ganar. No seamos boludos útiles y no les sigamos el juego.

¿Gauchos martinfierristas vs crudiveganos militantes? El consumo de carne per cápita fue el más bajo de 50 años. ¿Pañuelos verdes o celestes? La pobreza afecta más a las mujeres, a los niños, y a las mujeres embarazadas. ¿Gendarmes vs planes? Hay casi 2 millones de desocupados. Así con todo. Por cada dicotomía absurda que se nos presente, la lógica es mostrar el absurdo económico del Gobierno que se está ocultando. Material no falta: nunca se deterioró tanto la situación socioeconómica en 4 años como ahora. Y, ya sabemos, la realidad tiene un sesgo peronista.

Hay que seguir marcando la cancha y dominando la pelota hasta que ganemos. Solo así vamos a poder llenar de pan dulce las panzas argentinas esta Navidad. Después, es otra historia.


Genaro Grasso

Licenciado en Economía (UBA). Investigador en el Centro Cultural de la Cooperación y Proyecto Económico.